Balcon de Zabaleta Cazorla

Balcón de Zabaleta

Balcón de Zabaleta

Este emblemático mirador, nombrado en honor al célebre pintor Rafael Zabaleta, nacido en 1907 en la vecina localidad de Quesada, se erige como uno de los miradores más famosos de Andalucía. La panorámica que desde aquí se divisa es una de las más fotografiadas de España. Desde este privilegiado enclave, podemos observar el Castillo de la Yedra, situado en la ladera de San Isicio, donde aún se conservan algunos huertos tradicionales. En este mismo entorno se encuentra la Ermita del Patrón de Cazorla, San Isicio. Asimismo, desde este punto, se contemplan las imponentes montañas que rodean Cazorla, como la Peña de los Halcones y el Cerro de Salvatierra, lugar donde reposan los restos del torreón del Castillo de las Cinco Esquinas.

Desde este mirador podemos observar el Castillo de la Yedra y la Ermita de San Isicio, desde aquí te vamos a contar un poquito de la historia del Castillo y la Ermita, pero si quieres visitarlos tambien te dejamos las indicaciones para que puedas hacerlo durante tu visita autoguiada.
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Castillo de la Yedra y La Leyenda de la Tragantia
 
Si deseas visitarlo estos son los horarios y días de apertura
Horarios:
Del 16 de junio al 15 de septiembre
Martes a domingo y festivos de 09:00 a 15:00. Lunes cerrado, excepto lunes víspera de festivo que abre con horario de festivo. Abierto todos los festivos, incluso los locales.
Del 16 de septiembre al 15 de junio
Martes a sábado de 09:00 a 21:00; domingos y festivos de 09:00 a 15:00. Lunes cerrado, excepto lunes víspera de festivo que abre con horario de festivo. Abierto todos los festivos, incluso los locales. Cerrado 1 y 6 de enero, 1 de mayo y 24, 25 y 31 de diciembre.
Teléfono: 953 101 402

Castillo de la Yedra

La localidad de Cazorla ha sido un núcleo de población constante desde tiempos de los romanos, como lo evidencian los hallazgos arqueológicos en la zona. Posteriormente, durante la era musulmana, se transformó en una modesta alquería de escasa relevancia.

La importancia estratégica de Cazorla, en el contexto de la Reconquista, fue reconocida por Fernando III, quien encomendó al influyente arzobispo Ximénez de Rada la tarea de tomar control de esta área. Bajo el liderazgo del arzobispo, fuerzas provenientes de Toledo conquistaron una extensa región que se extendía desde Quesada hasta Hinojares. Este acto insertó un punto estratégico clave en el avance castellano sobre al-Andalus. El territorio, con el castillo de Cazorla como núcleo central, fue designado como la capital del Adelantamiento de Cazorla, donde al adelantado se le asignó la misión estratégica de organizar y ejecutar el asedio de Baza, una fortaleza de alto valor para las fuerzas árabes y notablemente fortificada. Con la culminación de la Reconquista, el Adelantamiento de Cazorla perdió su función militar, transformándose en un señorío con jurisdicción propia.

En el año 1694, una gran inundación devastó la ciudad. Superada la catástrofe, el arzobispo ordenó la reparación del castillo, refugio de más de quinientos ciudadanos que perdieron sus hogares debido al desastre.

Durante los albores del siglo XIX, el castillo mantenía parte de su funcionalidad militar. Las tropas de Napoleón se apoderaron de algunos de los cañones antiguos que aún se hallaban en la fortaleza.

Hoy día, el Castillo de la Yedra es sede del Museo de Artes y Costumbres «Alto Guadalquivir», dividido en dos áreas temáticas: una dedicada a la Historia y otra a las Artes y Costumbres.

Leyenda de la Tragantía

En la época de la Reconquista, el arzobispo de Toledo lideró a sus guerreros a la reconquista de Cazorla, llevando consigo el ímpetu de la guerra en cada carro, cruz y caballo. El rey de Cazorla, consciente del inevitable desastre que se cernía sobre sus dominios, optó por la prudencia ante la férrea determinación de sus adversarios, permitiendo a su gente buscar refugio en tierras menos asoladas por el conflicto.

Así, el pueblo de Cazorla emprendió su éxodo por el antiguo camino de Baza, dejando atrás hogares y esperanzas, guiados por la sabiduría de su rey, quien ya había asegurado lo esencial para la supervivencia. Solo en su fortaleza, el monarca recorría las estancias vacías, un testigo mudo de la desolación que ahora las habitaba, cerrando un capítulo tras otro de su reinado.

La inquietud de su escolta era palpable; temían ser alcanzados antes de encontrar seguridad. Desconocían, sin embargo, el sacrificio del rey. Había decidido que su hija quedara atrás, escondida en un laberinto subterráneo conocido solo por él. A pesar de dejarla con todo lo necesario, la decisión pesaba sobre su alma.

Cuando finalmente partió, la tragedia lo alcanzó con la velocidad de una flecha, segando su vida y dejando un silencio que resonaría a través de la historia. Los conquistadores no arrasaron el valle; lo hicieron suyo, y la vida renació en forma de humo en las chimeneas y canciones entre los campos.

Sin embargo, la princesa quedó olvidada bajo tierra, atrapada en su prisión de piedra, enfrentando la soledad con un candil como único compañero. La esperanza se transformó en desesperación y luego en locura, cuando la realidad de su abandono se hizo ineludible. Al extinguirse sus provisiones y apagarse su luz, se resignó a un destino cruel bajo las frías sombras de su celda.

El tiempo, implacable, le robó el calor y transformó su cuerpo en algo ajeno, marcando su piel con la textura de lo incomprensible. En su febril delirio, aceptó la metamorfosis, convirtiéndose en serpiente desde las caderas hacia abajo, deslizándose en la oscuridad, un espectro entre las ruinas de su pasado. Así nació la leyenda de la Tragantia, un eco de amor y sacrificio en las profundidades olvidadas de Cazorla.

Así fue como la desdichada princesa se transformó en Tragantía. En la noche de San Juan, la Tragantía canta con dulcísima voz:

«Yo soy la Tragantía,

hija del rey moro,

el que me oiga cantar

no verá la luz del día

ni la noche de San Juan.»

Si un niño escucha esta canción, el monstruo lo devora. Por eso, la gente menuda procura irse a la cama y estar dormida muy temprano.

En una torre del castillo de Cazorla, hay una pesada losa con una argolla de hierro que nadie se ha atrevido a levantar. Se dice que es la entrada, seguida de larguísima escalera angosta, que lleva al subterráneo donde el rey de Cazorla ocultó a su hija. A un postigo del mismo alcázar le llaman de la Tragantía y a una solitaria cueva que está en el camino, de Montesión.

Ermita San Isicio Visita Guiada a Cazorla

A la derecha podemos observar la Ermita de San Isicio

La Ermita de San Isicio

Allá, en los albores del cristianismo, uno de los siete Varones Apostólicos, Hesiquio o Isicio, trajo a Cazorla la luz de la fe y estableció allí su sede episcopal. Desde tiempos inmemoriales, se le venera como Patrón. El 15 de mayo de cada año, el pueblo se traslada en procesión hasta la «Pedriza», lugar donde el Santo fue lapidado y donde se encuentra su ermita.

En el año 1535, una terrible epidemia de peste diezmaba la población, causando una gran cantidad de muertes, tanto en personas como en animales. La situación era desesperada: los cazorleños acudieron a su Patrón, San Isicio, y la plaga cesó. En memoria de semejante milagro, los dos cabildos de la villa, el civil y el eclesiástico, hicieron un voto perpetuo de celebrar, cada año, la fiesta del Santo como día de precepto, con una liturgia «doble mayor de primera clase».

Desde entonces, año tras año, en cumplimiento de esta promesa, la tarde del 14 de mayo, se trae a San Isicio desde su ermita a la Parroquia. Los hortelanos adornan el recorrido con lo mejor que tienen: olorosas rosas de mayo, madreselvas, romero, y en la mano del Santo, que bendice, las primeras cerezas y un manojo de ubérrimas espigas. Cuando el piadoso cortejo llega al pueblo, ya iniciada la noche, se ofrece a los ojos de los romeros un singular espectáculo:

Millares de caparazones de caracol, convertidos en candiles, y el Estandarte de San Isicio, artísticamente colocados en fachadas y balcones, iluminan la salida de la procesión. Es una costumbre secular que, no por antigua, deja de sorprender cada año.

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