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Castillo de la Yedra

Castillo de la Yedra
 
Horarios:
Del 16 de junio al 15 de septiembre
Martes a domingo y festivos de 09:00 a 15:00. Lunes cerrado, excepto lunes víspera de festivo que abre con horario de festivo. Abierto todos los festivos, incluso los locales.
Del 16 de septiembre al 15 de junio
Martes a sábado de 09:00 a 21:00; domingos y festivos de 09:00 a 15:00. Lunes cerrado, excepto lunes víspera de festivo que abre con horario de festivo. Abierto todos los festivos, incluso los locales. Cerrado 1 y 6 de enero, 1 de mayo y 24, 25 y 31 de diciembre.
Teléfono: 953 101 402
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Castillo de la Yedra

La localidad de Cazorla ha sido un núcleo de población constante desde tiempos de los romanos, como lo evidencian los hallazgos arqueológicos en la zona. Posteriormente, durante la era musulmana, se transformó en una modesta alquería de escasa relevancia.

La importancia estratégica de Cazorla, en el contexto de la Reconquista, fue reconocida por Fernando III, quien encomendó al influyente arzobispo Ximénez de Rada la tarea de tomar control de esta área. Bajo el liderazgo del arzobispo, fuerzas provenientes de Toledo conquistaron una extensa región que se extendía desde Quesada hasta Hinojares. Este acto insertó un punto estratégico clave en el avance castellano sobre al-Andalus. El territorio, con el castillo de Cazorla como núcleo central, fue designado como la capital del Adelantamiento de Cazorla, donde al adelantado se le asignó la misión estratégica de organizar y ejecutar el asedio de Baza, una fortaleza de alto valor para las fuerzas árabes y notablemente fortificada. Con la culminación de la Reconquista, el Adelantamiento de Cazorla perdió su función militar, transformándose en un señorío con jurisdicción propia.

En el año 1694, una gran inundación devastó la ciudad. Superada la catástrofe, el arzobispo ordenó la reparación del castillo, refugio de más de quinientos ciudadanos que perdieron sus hogares debido al desastre.

Durante los albores del siglo XIX, el castillo mantenía parte de su funcionalidad militar. Las tropas de Napoleón se apoderaron de algunos de los cañones antiguos que aún se hallaban en la fortaleza.

Hoy día, el Castillo de la Yedra es sede del Museo de Artes y Costumbres «Alto Guadalquivir», dividido en dos áreas temáticas: una dedicada a la Historia y otra a las Artes y Costumbres.

Leyenda de la Tragantia

Durante la Reconquista, cuando las huestes del arzobispo de Toledo atravesaron los angostos puertos del Muradal con carros, cruces y caballos, ya sabía el atribulado rey de Cazorla que iban a devastar sus posesiones y que sería un despilfarro inútil intentar resistir por las armas a la adiestrada violencia de los cristianos.

En el antiguo castillo de Cazorla, había un mirador alto desde el cual se contemplaba el verde valle pespunteado de blancas almunias y un claro río concurrido de norias y molinos. El rey observaba cómo sus gentes,  apesadumbradas, atravesaban el puente tirando de carros en los que habían cargado sus más valiosos enseres. 

El rey de Cazorla, preocupado por el bien de su pueblo, permitió el éxodo de sus súbditos hacia tierras más seguras, de las que podrían regresar cuando el peligro hubiese pasado. Por el empedrado camino de Baza, que atravesaba los puertos de Tíscar, se despobló el reino de Cazorla. El propio rey había puesto a salvo su trigo y sus caballos días antes. Ahora se demoraba en el castillo solitario, recorriendo sus devastadas estancias silenciosas, cerrando puertas y alacenas y asomándose a todas las ventanas. Sin tapices, las paredes parecían más grandes y eran iguales como en un sueño.

Los hombres de la escolta transmitían su impaciencia a los caballos en el patio, recelosos de que las avanzadas de los cristianos alcanzasen el valle antes de que ellos hubiesen tenido tiempo de ponerse a salvo. Ignoraban que el desdichado rey tenía un motivo para retrasar la salida. Había decidido que su hija permaneciera en el castillo, oculta en unas secretas habitaciones subterráneas cuya antigua existencia sólo él conocía. Aunque la dejaba bien provista de alimentos y lucernas de aceite, y todas las otras cosas necesarias para no sentir incomodidad alguna en los pocos días que duraría su reclusión, el atribulado anciano no acababa de resignarse a partir.

Cuando el rey de Cazorla atravesó a galope tendido el ruidoso puente de madera, seguido de media docena de sus fieles, no había en todo el valle una chimenea que humeara en medio de la perfecta quietud. Sus vasallos estarían a salvo. Él no. El helado zumbido de un proyectil taladró el aire cristalino que tienen las mañanas en Cazorla, y una emplumada vara atravesó el cuello del rey, derribándolo sobre los maderos. La punta le salía, roja, por las vértebras. Un grupo de ballesteros surgió del herbazal de la ribera apuntando con sus armas al grupo fugitivo. Pareció que el rey quiso decir algo antes de morir, pero el hierro le había segado la voz. Se levantaba el sol dándose prisa en hacer su larga carrera del día de San Juan. Una hormiga empezó a subir por la mano del cadáver.

Los cristianos no devastaron el valle. Se establecieron en él y lo poblaron con sus ávidos colonos traídos de lejanas tierras. Pronto volvió el humo a las chimeneas y el laborioso sonido a las norias y a las herrerías, y las alegres canciones a las eras.

En el húmedo subterráneo había varias estancias unidas por un angosto pasillo y por un silencio perfecto. Pilares de piedra sostenían el techo de las mayores. El salitre reinaba sobre el granito de los muros. En algunos, había lápidas con inscripciones paganas. Dentro de un nicho excavado en la roca, un goteo quería remedar a una fuente. Con siglos de paciencia, había labrado un pozuelo en la losa del suelo.

Las tinieblas del subterráneo no toleraban noches ni días. Con un misericordioso candil en la mano, vagaba la princesa por sus breves dominios, muriéndose de angustia cada vez que creía escuchar un ruido.

A la zozobra de las primeras horas sucedió la resignada paz de la prisionera y luego su desesperación y su locura, cuando comprendió que el mundo se había olvidado de ella. Las provisiones se acabaron, la lámpara extinguió su luz con un chisporroteo. Aterida de frío, quizá porque ya llegaba el invierno y allá fuera el río arrastraba tortas de nieve montañera, la infeliz se dispuso a morir debajo de las mantas de su oscuro lecho. Durmió, o creyó dormir, un espacio de tiempo frecuentada por atroces pesadillas. Cuando despertó, sentía, en el hervor de una fiebre, las piernas heladas y doloridas. Quiso frotarlas con las manos. Le devolvían un tacto viscoso de piel desconocida y áspera que le produjo asco y escalofríos. No sentía hambre ni impaciencia. Dormía y no se movía del lecho. Sin horror ni sorpresa, aceptó en su cuerpo el lento prodigio de mudarse en serpiente hasta la adolescente redondez de las caderas. Reptaba por sus tinieblas entre silbos a los pilares que sostenían el techo.

Así fue como la desdichada princesa se transformó en Tragantía. En la noche de San Juan, la Tragantía canta con dulcísima voz:

«Yo soy la Tragantía,

hija del rey moro,

el que me oiga cantar

no verá la luz del día

ni la noche de San Juan.»

Si un niño escucha esta canción, el monstruo lo devora. Por eso, la gente menuda procura irse a la cama y estar dormida muy temprano.

En una torre del castillo de Cazorla, hay una pesada losa con una argolla de hierro que nadie se ha atrevido a levantar. Se dice que es la entrada, seguida de larguísima escalera angosta, que lleva al subterráneo donde el rey de Cazorla ocultó a su hija. A un postigo del mismo alcázar le llaman de la Tragantía y a una solitaria cueva que está en el camino, de Montesión.

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